Esta obra es de mis favoritas, de las primeras que recuerdo....
¿Qué esconden Las meninas?
A veces los genios de la pintura van más allá de sus propios lienzos. Un aparente retrato puede descubrirse al visitante del arte como la más escurridiza y compleja paradoja que nunca podíamos imaginar. “Las Meninas” o “La familia de Felipe IV”, nombre con el que se conocía la obra en el siglo XIX, ha dado mucho que hablar en los círculos intelectuales del arte, sin conseguir reunir a más de dos o tres teóricos con la misma opinión.
En una época de oscurantismo y superstición encontramos a un pintor de cámara, arquitecto, aposentador del Rey, geómetra, astrólogo, políglota… gestando la obra que Luca Giordano denominaría “La Teología de la Pintura”. Esta “Teología” nos demuestra que testigos de una época son también los pintores, poetas, músicos… quienes, fortuita o intencionadamente, han dejado en sus obras un trocito del espíritu de aquel tiempo.
¿Quien es quien en las Meninas?Cuando se facturó tan extraordinaria obra, España estaba inmersa en el tenebrismo de un siglo que, sin embargo, es recordado por su portentosa “luminosidad” en el aspecto artístico. Es el Siglo de Oro español, el comienzo de la pérdida de hegemonía de España en Europa y la época del reinado de Felipe IV (1621 a 1665), un rey que, ante todo, fue mecenas del arte, gracias a lo que nos ha legado un inmenso patrimonio artístico. Su pintor predilecto no fue otro que Diego Rodríguez de Silva Velázquez.
Este genio nació en Sevilla en 1599, en el seno de una familia acomodada. Su aprendizaje fue como el de cualquier otro artista artesano, salvo por el hecho de contar con un increíble talento. En 1618 se casa con Juana Pacheco, hija de Francisco Pacheco, su maestro. Tras realizar unos viajes a Italia, sus obras asimilan el espíritu de ese país y dejan ver el encuentro con su madurez artística. La maestría de la perspectiva aérea y la ilusión de realidad se hacen patentes.
El cuadro
El lienzo que para muchos es la mejor obra de arte de la historia es también un foco de discusión interpretativa. El pintor y escritor Antonio Palomino de Velasco (1653-1726) describió la escena del cuadro identificando a cada personaje. Sobre estos datos no existe discrepancia: en el centro se encuentra la infanta Margarita María, atendida por dos damas de honor o meninas, a la izquierda María Agustina Sarmiento, quien le ofrece a beber agua, y a la derecha Isabel de Velasco. En el ángulo derecho están los enanos Mari Bárbola y Nicolás Pertusato. Detrás, se encuentran doña Marcela de Ulloa, señora de honor, y un guardadamas sin identificar. Al fondo en la puerta, José Nieto, aposentador de la reina. El lado izquierdo lo domina un gran lienzo ante el que está el pintor. Por último, en la pared del fondo hay un espejo en el que están reflejadas las imágenes de los reyes Felipe IV y Mariana de Austria. Según Palomino, la acción transcurre en la “galería del cuarto bajo del príncipe Baltasar Carlos.”
Espejo de príncipes
Sin embargo, el azar es un elemento demasiado aleatorio, en opinión de muchos teóricos posteriores, para generar una obra tan compleja. Jan Ameling Emmens piensa que los reyes aparecen como educadores regios bajo las figuras de Apolo y Minerva de los cuadros, y su alumna es Margarita. Para Emmens, los reyes se encuentran situados frente a un “Espejo de Príncipes”, género literario del siglo XVII, que enseñaba las cualidades del príncipe ideal. La más valorada era la prudencia. Ésta posee una triple naturaleza: la memoria, que se vincula al pasado, la inteligencia, que lo hace con el presente, y la previsión, que alude al futuro. Esta trinidad está simbolizada en los personajes: los soberanos son el pasado, Margarita el presente y los demás, las posibilidades del porvenir, entre las que está la Locura, representada por los bufones o la Sabiduría, simbolizada por la dama de honor y el cortesano.La nobleza del arte
El “velazquista” Jonathan Brown describe una situación distinta a la de Justi. La infanta ha ido a ver trabajar al artista, en un momento dado pide agua y una dama de honor se la ofrece. En ese instante los reyes entran, reflejándose en el espejo del fondo. Una a una las personas de la habitación reaccionan ante su presencia. La dama de honor de la derecha, Velázquez, Mari Bárbola, la princesa, que estaba distraída mirando a Nicolás, vuelve sus ojos hacia la izquierda pero todavía no ha girado la cabeza. De ahí esa extraña sensación de dislocación entre la posición de la cabeza y la mirada. Esta descripción explica ese efecto de instantaneidad del que hablaba Justi.
En una situación tan cotidiana, Velázquez no podía mostrar directamente a los reyes. Es así que sólo aparecen reflejados en el espejo. Con ello, Velázquez quiere revelar la buena relación que tenía con los reyes, quienes visitaban al pintor en mitad de su labor. Con ello, Velázquez reivindica la condición noble del arte y muestra al pintor como un artista con derecho a disfrutar de una elevada posición social. Un detalle que corrobora esto es la llave que cuelga de la cintura de Velázquez. Esta llave la poseía el aposentador del Palacio Real, cargo que desempeñaba Velásquez y con ella podía abrir todas las puertas del palacio, incluidas las habitaciones del Rey, luego confería gran prestigio a su poseedor. Velázquez debió contar con el permiso de los reyes para recrear la escena y, por tanto, debieron de conocer su significado. No es difícil de creer, a sabiendas de que Felipe IV era un gran mecenas y coleccionista de arte, e incluso, pintor aficionado.
Las paradojas
Para John R. Searle la obra rompe los esquemas de la representación clásica debido a que es el primer cuadro pintado desde el punto de vista del modelo. El espectador puede identificarse con los modelos, en este caso, los reyes, quienes ocupan el lugar del pintor. Éste parece retratar a los reyes en el cuadro, sin embargo, el lienzo goza de un tamaño poco apropiado, el mismo que el de “Las Meninas”. Por esto, Searle cree que Velázquez se retrata pintando el cuadro. Lo que desemboca en una segunda paradoja: Velázquez, desde su situación, no puede estar pintado “Las Meninas”. Concluimos que de lo que trata este cuadro no es de una escena en sí, sino de cómo la pareja real la pudo ver. Así, el lienzo que aparece pintando Velázquez, hace referencia al que vemos. Esto es por que el cuadro es autorreferente, condición necesaria para que funcione satisfactoriamente como representación. Lo que hace Velázquez es pintar la escena que vieron los reyes mientras él la pintaba.
¿Un horóscopo?
El ingeniero de caminos y miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando Ángel del Campo y Francés plantea en su estudio “La magia de las Meninas” la versión más sorprendente de este cuadro. Del Campo considera que el pintor utilizó sus conocimientos en geometría, matemáticas, astrología…en la factura de sus obras, lo cual es bastante razonable al analizar la pasmosa exactitud con la que escenifica las imágenes de la realidad. Una perspectiva más que calculada, un retrato del habitáculo que lo hacen coincidir al milímetro con el real, entre otras características, no deja lugar a dudas: Velázquez era algo más que un simple pintor. Además de esto, Velázquez no quiso quedarse sólo en la imitación de la realidad sino que fue más lejos, tan lejos como sus anteojos de larga vista le permitían, y es que, en la disposición de las cabecitas de los protagonistas encontramos algo sorprendente. Cinco estrellas forman en el cielo la Corona Borealis, cinco cabezas componen geométricamente un trazado exacto al dibujado por ellas, con la infanta Margarita presidiendo el centro, cuyo lugar ocupa en la constelación el astro más brillante: “Perla” en el idioma vulgar, Margarita Coronae en latín, lengua que se mantiene vigente en la nomenclatura estelar. ¿Mera coincidencia?, o ¿fruto de la intencionalidad del pintor?. “Perla” denomina a la “Más bella” de la constelación. Casualmente la infanta Margarita era considerada la más bella de todas las hijas de Felipe IV y ojito derecho de éste, que tenía por costumbre llamarla “mi alegría”.
Pero además, si cerramos el círculo comprendido por las cabezas de los cuatro protagonistas incluyendo los dos cuadros del fondo y proyectamos dos líneas que tocarían al resto de los personajes, una por arriba y otra por debajo, nos encontramos con el símbolo de Capricornio. Pero ¿quién se encontraba bajo los designios de este zodiaco? La reina Mariana. Por entonces, todos los ojos de la corte apuntaban hacia ella, ya que después de la fatídica muerte del príncipe Baltasar Carlos, la monarquía pendía de un hilo al no haber descendiente. La reina se encontraba sumida en la tristeza debido a sus poco afortunados embarazos que, o bien acababan con la prematura muerte del bebé, o no le traían la tan deseada masculinidad. Sin embargo, sus esperanzas renacieron en las navidades de 1656, coincidiendo con su 22 cumpleaños y con la factura del cuadro. Por tanto, éste puede interpretarse como un regalo de Velázquez a la reina, que además le sirviera de talismán para el alumbramiento de un futuro hijo varón. Con ello no iba mal encaminado Velázquez, ya que el siguiente hijo de la reina resultó ser Felipe Próspero. Pero de próspero tuvo poco ya que no llegó a los cuatro años. Según los cálculos de Ángel del Campo, el cuadro pudo realizarse el mismo día en que cumplía años la reina, el 23 de diciembre, y por la incidencia de la luz, a primera hora de la tarde: las cinco.
Por otro lado, según Del Campo, los monarcas no posaron para Velázquez, puesto que esto sería incompatible con las leyes de la óptica y la perspectiva. Tampoco pudieron ser el reflejo de un retrato escondido tras ese inmenso lienzo que preside el pintor. Pero entonces, ¿de dónde sale esa imagen del espejo? La respuesta es un juego de luces. Velázquez transformó su lienzo -el que aparece en la pintura- en pantalla de proyección. Hizo que una imagen de los reyes de una tablilla se proyectase, mediante una lupa o similar de manera aumentada, sobre el lienzo y quedase también recogida en el espejo. Es el fino rayo de sol que deja pasar José Nieto por la puerta, el que produce este efecto. Todo ello no es más que un juego de luces, que nos recuerda a la linterna mágica, invento de Atanasio Kircher que por entonces seducía a grandes y a pequeños, con sus mágicas consecuencias lumínicas. Aunque tan compleja reflexión nos haga meditar sobre su veracidad, la obra de Velázquez no parece fruto de la casualidad y sus libros y conocimientos demuestran que estamos ante un verdadero erudito, científico e incluso matemático, pero también ante un auténtico genio.
No solo un pintor
Al morir Velázquez un 6 de agosto de 1660, se reunieron en palacio su testamentario, don Gaspar de Fuensalida, el nuevo Aposentador, don Francisco de Contreras y Rojas y Juan Bautista del Mazo, para hacer inventario de sus pertenencias. Así se pudo descubrir ciertas particularidades sobre del pintor que aún hoy inquietan. Velázquez tenía a su cargo la biblioteca de palacio. En esa estancia se hallaban toda una serie de objetos que en su día servirían al pintor para hacer ciertos consabidos cálculos de un artista, pero también otros menos usuales y tanto significativos. Anteojos de larga vista, marcos, cordones de espejos de Italia, compases de hierro, tallas y faroles desmantelados, etc. Muy probablemente esos antejos de larga vista le habrían proporcionado, en sus ratos libres, placenteras visitas a los confines astrales.
El segundo inventario fue de su biblioteca particular y se conoció en 1925. Éste descubre las facetas más intrigantes de nuestro protagonista. Entre los montones de libros científicos, de astrología, de geometría, perspectiva, de artes adivinatorias… se adivina un Velázquez erudito, técnico, científico, culto… pero también un Velázquez oscuro, adivino, esotérico… su segunda identidad. Son también muy frecuentes los escritos sobre Perspectiva, técnica que le fascinaba y de la que se convirtió en experto. Entre los libros encontrados estaban: “Iconología” de 1603 de Cesare Ripa, o también “Chronographia” o “Repertorio de los tiempos” que contenía predicciones de eclipses de sol y luna, datos astrológicos, recetarios de horóscopos… Otros tantos son: “Suma Astrológica y arte para enseñar a hacer pronósticos” de Antonio de Náxera, “Philosophia secreta”…
La mitología de Las Meninas
Ángel del Campo ve claras similitudes entre los protagonistas del cuadro y diversos personajes de la mitología. La constelación de la Corona Borealis cuenta con su propia leyenda: Ariadna se enamoró de Teseo, quien dio muerte al Minotauro en la isla de Creta, los dos huyeron del laberinto, pero más tarde, Teseo abandona a Ariadna cuando ésta dormía. Baco la encontró y se casó con ella Baco. En prueba de amor, la regala una corona que se convirtió más tarde en la Corona Borealis. La situación en la que se encuentra el país en ese momento recuerda al laberinto de la leyenda, así como el abandono de Ariadna se asemeja al de la nación y la sucesión, la procedencia de la corona… Sin embargo, esta mordaz crítica a la monarquía no traslució en aquel ambiente. Y si esto subyació en la mente del artista, es algo que nunca sabremos.
Por otro lado, los personajes del cuadro poseen características mitológicas. La menina María Agustina Sarmiento guarda similitud con la representación de la Vida o de Hebe. Ésta personifica la juventud y es representada como una figura con un jarro de vino en la mano y una flor en la otra. La Vida está vestida de verde, con una guirnalda de siemprevivas en la cabeza, un ramillete en la mano derecha y en la izquierda, una taza con la que da de beber a un niño. Hay claras similitudes. Los cuadros del fondo representan dos mitos bien claros: el de Aracné que reta a la diosa Palas Atenea a hilar mejor que ella, tras lo que acaba convertida en araña y el de Marsias, que desafió a Apolo para ver quien era mejor músico. Marsias perdió y ello le salió caro: fue desollado vivo. Los dos sufrieron un duro castigo por rebelarse. Velázquez pudo aprovechar estos mitos para representar las consecuencias de una rebelión contra la religión o la monarquía.
Los personajes y su simbología
Así como Sarmiento es la Vida, Isabel de Velasco es una joven “con bello peinado y adorno en la cabeza, vestida de tono verde cambiante, que con ambas manos se alza por delante la orla del vestido…”, que no es otra que “la Corte”. Este personaje que muestra “delicadeza y nobles sentimientos, secunda los deseos del otro disimulando los propios…” oculta tras esa agradable estampa “al odio, al rencor y a la envidia”. La pareja del fondo es también un foco de significación. Así, “la detracción” es “una mujer con paño negro por la cabeza” y con actitud de “ocultar con la mano lo que su boca dice”, lo que aumenta la pena del “hombre triste, pálido, vestido de negro…” que es el “dolor”. Mientras, la “malignidad”, representada por una “mujer fea”, que guarda una bolsa -símbolo de la avaricia- es aquí Mari Bárbola. A su lado, “un enano, desproporcionado, de…color rojo” es la “perfidia” que hostiga, como vemos, a la “fidelidad”.
La puerta del fondo simboliza la Muerte, el paso a la otra vida y la escalera, la ascensión a los cielos. Esta puerta permanece custodiada por José Nieto Velázquez, una figura oscura y poco definida que podría ser Caronte, encargado de guiar a las almas de los difuntos. Nieto era un personaje poco grato para Velázquez. Aposentador de la reina y contrincante suyo por las mismas apetencias, aparece desdibujado y poco nítido al fondo de la habitación, en el puesto de menor importancia.
Por último, vemos al pintor, responsable de toda esta maraña de conjeturas. Hay dos aspectos que despiertan curiosidad. En primer lugar, se pinta así mismo unos 15 años menos, en relación con la edad que tenía, 57 años, y a tan solo cuatro años de su muerte. En segundo lugar, la cruz de Santiago aparece en su torso, peculiar dado que no la obtendría hasta dos años después. La mayoría de las versiones dice que fue el Rey quien la pintó años después. Sin embargo, esta posibilidad se torna impensable dado el fuerte desequilibrio cromático y geométrico que causaría la ausencia de ese vigoroso bermellón de un lugar tan oportuno. Las manchas rojas del cuadro (la cruz, los perifollos de las muñecas, el traje del enano…) parecen describir otra constelación secundaria.
El signo de la cruz es signo de nobleza, por lo tanto, es la forma que tiene Velázquez de mostrar la nobleza de la pintura, arte que queda representado en la figura idealizada del pintor, de ahí su rejuvenecimiento. Velázquez se convierte así en alegoría de la Pintura mostrando todos los atributos propios del pintor. Además aparece con una llave, que simboliza la Fidelidad.
VIDEO
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